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12 de febrero de 2012

Volverte a Enamorar de Tu Pareja



Una vez que el flechazo pasó, ese Superman que conociste no es más que un hombre de carne y hueso, con virtudes y defectos. La clave es reencontrarte con su mejor costado y convertirse en compañeros de aventuras; ¿te pasó?

Este Día de los Enamorados, en lugar de sólo gastar plata en algún regalo, podríamos dedicarlo a hacer una revisión profunda de nuestra relación amorosa. Al principio, cuando nos enamoramos, sentíamos que nuestro hombre era Superman: bello, inteligente, único, con superpoderes. Con el paso del tiempo y la rutina, ese hombre perfecto, Superman, que todo lo hacía bien, por momentos se transforma en un Clark Kent aburrido, con panza, que nunca hace nada bien. ¿Cómo pasamos de un enamoramiento profundo a una decepción fulminante? La propuesta es ahondar en nuestros sentimientos y quizás, al final de este nota, tengamos ganas de reencontrarnos con ese socio de aventuras que elegimos y que seguimos amando.

Un amor de película

Helen Fisher, antropóloga y profesora, se dedicó toda la vida a investigar el amor y las relaciones humanas. Ella explica muy claramente cómo, al principio, cuando apenas nos enamoramos, nos enfocamos en todo lo bueno de la persona. "No vemos nada más que sus cualidades, y las vemos exacerbadas. Es producto de la dopamina, un neurotransmisor que actúa en nuestro cerebro generando una sensación de entusiasmo absoluto: vemos todo lo que el objeto amado hace como algo absolutamente increíble. 


Cuando estamos enamoradas, enfocamos toda nuestra atención en esa persona, la 'agrandamos', creemos que es lo mejor del mundo y nos sentimos llenas de energía. Estamos en plena sensación de euforia. Esta forma de vivir el enamoramiento tiene que ver con el darwinismo, con la evolución de la especie: juntar a dos personas tan fuertemente que puedan procrear."

Uf, ¿así que la culpa la tienen las hormonas? Bueno, un poco, pero también es cierto que muchas cosas de ese hombre aun hoy en día nos siguen encantando. El tema es que podamos reencontrarnos con ellas. Volver a valorar sus virtudes, "reenamorarnos" cada día. Y, sobre todo, saber que apostar a una pareja va más allá de los estados de euforia: es un compromiso que hay que cultivar y por el que vale la pena trabajar.
De Superman a Clark Kent

¿Qué pasó? Estábamos felices, radiantes, enamoradas. Nos animamos a la convivencia, algunas al casamiento y hasta a tener hijos. Y no sabemos cómo, casi de un día para el otro, nuestro superhéroe ¡parece un sapo! ¿Él cambió? ¿O simplemente fue que nosotras cambiamos nuestra visión y bajamos del pedestal de la adrenalina al mundo de los reclamos y la insatisfacción? Los eruditos se inclinan por la segunda versión, que es que nosotras dejamos de sentir ese éxtasis enceguecedor (más aun si el objetivo "procreación" ya ha sido cumplido).

Y sí, hora de admitirlo: las mujeres somos complicadas. ¿No nos pasa lo mismo con un par de zapatos? Los vemos, los deseamos, nos quema por dentro, no aguantamos más, queremos ir a comprarlos y cuando los tenemos, los usamos encandiladas una, dos, ¿tres veces? Después, confesemos, ¡nos olvidamos de que los tenemos!

Porque, en el mundo de las emociones, lo "seguro" no nos motiva. Nos mueve más aquello que no tenemos, las ilusiones que anhelamos y que van cambiando todo el tiempo. ¡Amaba los zapatos, pero ahora que los tengo, ya está, me aburrí de nuevo!

Por suerte, el hombre que elegimos es mucho más que un par de zapatos y merece que nos demos cuenta de que aún hay mucho por recorrer. Que en aquellos momentos de supuesta "rutina" podemos volver a sentir aleteos en el estómago. Pero primero: manos a la obra.

Los Superpoderosos

Una vez que nos damos cuenta de que uno de los problemas es nuestra manera de ver las cosas, se puede hilar más fino. En las relaciones, solemos pasar de un estado de sentirnos mujeres superpoderosas que trabajan, crían hijos y están divinas a las peores de todas: feas, sin gracia, que necesitan ayuda, agotadas e irascibles.

Con nuestro hombre nos pasa lo mismo: un día lo vemos brillar en su trabajo, convertirse en un Superman al que todos admiran y aplauden. Inmediatamente, en lugar de admirarlo como cuando nos enamoramos, pensamos que está saliendo con alguna de la oficina, porque está demasiado radiante. Al otro día, en casa, lo vemos con sus pantuflas y pijama, buscando desesperadamente el abridor de la cerveza (que está en el mismo cajón de siempre, pero que él no encuentra nunca), y lo odiamos. Clark Kent versión Homero Simpson, ¡patético!

Conclusión:


cuando es el hombre de carne y hueso con defectos, no lo queremos. Cuando es Superman, tampoco lo queremos porque es superpoderoso y vuela lejos de casa.
Para colmo, nosotras tampoco somos una cosa o la otra, pero, internamente, nos creemos mucho más fuertes de lo que en verdad somos. Y eso nos da una ilusión de que tenemos todo bajo control (¡con lo que nos gusta el control!). ¡Cuidado! La verdad es que necesitamos lo mismo que Superman y que Clark Kent: sentir que nos valoran y que nos quieren más allá de lo que hacemos bien o mal...

Diálogos cruzados

Con la vorágine de la vida, nos vamos mareando y perdiendo el foco de lo verdaderamente importante. En la pareja, generalmente, terminamos teniendo diálogos cruzados. Una superpoderosa le habla a Homero Simpson y lo critica, le reclama, lo vuelve loco. Su Superman le habla a la parte débil nuestra, que siente que ya no puede más y ve a Superman en un pedestal, exitoso, que ignora las dificultades domésticas, señalando lo que se debería hacer con esto y lo otro. O a veces se trata de dos superhéroes sosteniendo un diálogo de locos sobre quién tiene el superpoder más grande. O de dos pobrecitos angustiados: Homero Simpson con crisis existencial y Andrea del Boca en su novela más lacrimógena.

Pocas veces hablamos desde lo que de verdad somos y nos vemos tal cual somos. Nos cuesta sincerarnos. El primer ejercicio que podemos poner en práctica es hablar de lo que nos duele. Es mágico: nos humaniza frente al otro, nos desnuda y genera ternura. Es importante entonces observar estos diálogos cruzados, evitarlos o, al menos, darnos cuenta de qué están conversando estos "personajes". Que nuestra verdadera esencia está en otra parte y que debemos mostrársela a nuestra pareja lo más honestamente que podamos. Es el primer paso hacia convertir nuestra relación en algo más sólido y tangible, dejando el mundo de fantasías para la pantalla de TV.

Recuperando la motivación

Stephanie Ortigue realizó investigaciones de lo que llamó "neurociencia social del amor". Por medio de imágenes del cerebro obtenidas por resonancia magnética, estudió a personas enamoradas mientras pensaban en el ser amado. Uno de los resultados que arrojó el estudio es que con el amor pasional (así lo llama ella) se encienden áreas del cerebro relacionadas con la autoestima y la imagen corporal. Esto demuestra el mecanismo biológico del enamoramiento: nos da entusiasmo y nos hace sentir más lindas, más fuertes e importantes; nos sube la autoestima. Sin dudas es atractivo, adictivo y lo extrañamos cuando no está. Pero lo cierto es que no dura. Lo que dura, a largo plazo, es quedarnos junto con la persona que elegimos, construyendo una vida juntos.

En The Social Animal, su autor, David Brooks, refuerza la misma idea: que el enamoramiento es un gran "motivador" para formar una familia, mantenerla, cuidarla, introducirla en sociedad y sacrificar otras motivaciones que compiten con esa, como la libertad, la falta de preocupaciones, el seguir explorando, viajando, cambiando de trabajo, etc. Nuestro gran desafío es seguir generándonos a nosotras mismas esa motivación: seguir construyendo el vínculo con un entusiasmo más constante.
Viéndonos tal cual somos

Lo cierto es que los sentimientos que nos unieron en un primer momento no siguen todos vigentes. Nuestra vida (y la de él) tiene ahora muchos más focos: desde llevar una casa de a dos adelante, los hijos, nuevos desafíos personales...

Sin embargo, y, por suerte, ese compañero tiene muchos más matices para nosotras que aquel Superman de brillantes colores que nos hacía sentir la protagonista de una película romántica. Tiene más matices porque ahora es más real, y todo lo construido entre los dos es mucho más sólido que el "enamoramiento". El vínculo ocupó el espacio que antes tenía la deliciosa ilusión. Como vimos anteriormente, ese estado de adrenalina y éxtasis que funcionaba como una droga nos ayudó a motivarnos a formar la pareja. Pero ahora es momento de que nosotras tomemos el toro por las astas y sigamos adelante con ladrillos, cemento, cal y arena.

Lo primero que podemos hacer es cambiar el foco: observar a ese hombre como si recién lo conociéramos, valorar sus virtudes.

Pocas veces comprendemos que ese hombre, lejos de las caricaturas, es el que se levanta a la noche y calma al bebé que llora, es el que lleva a los chicos al colegio antes de ir a trabajar, es el que habla con el mecánico que nos quería cobrar tan caro. Pocas veces nos damos cuenta de que los estándares de vida que pretendemos satisfacer son demasiado altos y que ambos en esta pareja hacemos lo mejor que podemos. Es momento de transformarnos.

Realidad mata ilusión

Nuestro cerebro sigue jugándonos malas pasadas. Parte de nuestra naturaleza humana tiene que ver con eso: descubrir los juegos en los que nos vamos enredando mental y emocionalmente. Suele suceder con el fenómeno de la "familiarización": no registramos lo que tenemos. Como la rutina, el día a día es agradable, dejamos de prestar le atención. El cerebro está más preparado para registrar lo feo o lo nuevo, pero no lo cálido, lo familiar, lo cotidiano. 


Ese estado de alerta mental que nos ayuda a sobrevivir en el día a día tiene un costo muy alto porque no nos deja ver todas nuestras conquistas diarias. En lugar de seguir esperando lo que Superman no nos puede dar, en lugar de seguir reclamándole a Clark Kent que sea Dios, tenemos que hacer foco en las pequeñas cosas que sí tenemos. Nuestra casa, nuestros hijos, nuestras plantas, nuestro trabajo, nuestro novio o marido que nos regala flores de sorpresa o que nos invita al cine y nos da la mano cuando se apaga la luz.

En nuestra verdadera realidad (no en nuestro relato mental, en esos cuentitos divinos que nos contamos), la tarea del vivir lo cotidiano sí es heroica. Es mucho más heroica que una tira de superhéroes. No podemos seguir creyendo que la felicidad es algo que nos va a traer un hada madrina. La felicidad no es un derecho que podamos reclamar como niños malcriados. Es un deber que debemos producir y darnos a nosotros mismos como adultos responsables.

Contigo pan, queso, cebolla y mucho más

Ya está dicho, entonces: aprovechemos esta fecha romántica para apreciar y agradecer lo que ya tenemos, para empezar a dar en lugar de reclamar, para revalorizar lo cotidiano y lo mundano. Aprovechemos para unir dentro de nosotras ese enamoramiento inicial al amor del compromiso. Construyamos cada día nuestra pareja y nuestra felicidad.


Hugh Prather, bautizado el "Khalil Gibrán de Occidente" por la revista Newsweek, escribe sabiamente en su libro Hay un lugar donde no estás solo: "El amor sólo pide ser admitido. ¿He de dar la bienvenida a un sentimiento de aprecio por lo que has visto en mí, por cuán inesperadamente has seguido reapareciendo, por cuán frecuentemente has buscado contacto y por cuán gentilmente me has tratado? ¿O acaso hay algo que deseo que hagas primero? Si comprendiera que todo esto es lo que se requiere para reconocer el amor que ya siento, y que me haría dejar de necesitar cualquier cosa de ti, ¿sería capaz de dar ese paso tan pequeño?".

¿Somos capaces de dar ese pequeño paso en pos del hombre que elegimos, en pos del vínculo que construimos? ¡Adelante! Como cuando éramos chicas, un piecito adelante del otro: ¡pan... queso! ¡Pan... queso! ¡Y feliz San Valentín!



Por Nuria Docampo Feijóo
Fotos de Paula Teller

Producción de Lulu Biaus


Fuente: http://www.revistaohlala.com/1447403-volve-a-enamorarte
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